29.12.2010

La desgracia de comer en vacaciones

Churros, sándwiches, rabas a 70 pesos y otras aberraciones estivales


Si bien las vacaciones se hicieron para descansar, relajarse y conocer otros paisajes o culturas, la principal actividad del argentino en vacaciones es comer. Desde el 24 de diciembre a la noche hasta el 1 de marzo, salimos a devorar todo lo que no comimos durante el año: churros con la merienda, helados todas las tardes, asados de estancia, catas en bodegas mendocinas, saqueos a las fábricas de chocolate rionegrinas, y degustación de cabrito, trucha, cordero, chivito, salame artesanal, licores de monasterio o cualquier otra especialidad de la zona.

De hecho, cada vez más gente se somete a dietas rabiosas en octubre para llegar perfecto al verano, ponerse la malla y empezar a comer de nuevo como si no hubiera mañana. Que me refuten, sino, los turistas con flotadores que vuelven de Mar del Plata el 15 de enero, o las clínicas para adelgazar que se llenan de señoras escandalizadas todos los meses de marzo. La gente, cuando va de vacaciones, además de tirarse a dormir en la playa, quiere comer y olvidarse de las calorías, los precios o el colesterol.

Sin embargo, hay que reconocer que, salvo cuando vamos a destinos tradicionalmente gourmet, en las vacaciones se come mucho, pero feo. Sin ir más lejos, la peor relación precio-calidad de los restaurantes está en la costa atlántica argentina, donde el turismo gastronómico conoce su lado más oscuro, grasiento y deliberadamente ladrón. No hay ningún otro punto del país donde la gente acepte pagar 75 pesos por una bandejita de rabas frías con una sonrisa, o donde un rotisero de guante blanco pueda cobrar un pollo con papas fritas y Coca Cola casi 100 pesos.

DEL ALFAJOR DEL MICRO AL POLLO DEL AVION
Sin embargo, a pesar de la evidencia anterior, la odisea gastronómica de las vacaciones no empieza con las rabas, sino mucho antes. Empezamos a comer peor que en casa ni bien ponemos un pie en el micro o en el avión. ¿O alguien probó cosa más fea que el jugo y el café que hay en los micros? Alfajores de aglomerado sin relleno, ensaladas con mayonesa de origen incierto, pan gomoso del día anterior, y cenas refrigeradas parcialmente son parte de un menú que cada año se vuelve más y más incoherente ¡Y eso si uno tiene la suerte de que el viaje incluya la cena! Si no, hay que soportar durante todo el viaje el hedor que exudan los tuppers llenos de sánguches de matambre y huevos rellenos que unos cuantos inadaptados empollan en sus calurosos bolsos desde que salieron de la estación, mientras miran películas de Jean Claude Van Damme y videoclips de Marco Antonio Solís que eligieron los choferes.

En el avión la cosa no mejora. Ni siquiera pagando un ticket de tres mil ochocientos pesos rumbo a Europa se puede comer algo digno. En Aerolíneas Argentinas, para poner un ejemplo, el almuerzo que sirven en la ruta Buenos Aires – Madrid es un pedazo de pollo recalentado y papas noisette con gusto a goma de borrar adentro una bandejita de plástico abollada y acompañada de unos vasitos de vino miserable que apenas sirven para mojarse los labios durante el viaje. Y no es sólo Aerolíneas, que siempre tiene problemas. Desde hace un tiempo, los desayunos y meriendas de LAN están compuestos por una galletita de limón bañada en chocolate, un alfajor de dulce de leche y un paquete de golosinas. Una bomba dulce que sólo puede desayunar un chico de cinco años sin supervisión adulta, o un diabético que quiera pasarse del otro lado. ¡Y guarda con que el avión se demore! Los aeropuertos son famosos por cobrar precios escandalosos por un servicio mediocre típico de patio de comidas (casi $ 30 por un tostado berreta en Aeroparque y $ 90 por un café grande y dos jugos en el aeropuerto de Santiago de Chile, son sólo algunas pruebas). Ni los quioscos se salvan. Además de cobrar un paquete de chicles cinco pesos, en Aeroparque ahora las máquinas de gaseosas se tragan tus monedas y te dicen que dejes tu reclamo en un contestador que te pide tu nombre y apellido para que puedan llamarte cuando esté listo tu reintegro de seis pesos y pases a retirarlo por sus oficinas.

MILANESA A $ 50 Y CORDEROS PROSTITUIDOS
Otro problema de comer en vacaciones es la oferta incierta y delirante que hay en los destinos turísticos. En Capital Federal uno se guía por experiencias propias o de amigos, pero en vacaciones todo es un misterio. Es muy difícil dar con un buen lugar en sólo quince días y si lo encontrás, es posible que el dueño quiera vivir un año con lo que factura en esos tres meses de bonanza. Son famosos los restaurantes que ofrecen milanesas con papas fritas a $ 50 en Pinamar, los tenedores libres llenos de ensaladas de arroz que abren tres meses al año en Santa Teresita o San Clemente del Tuyú, los bolichitos con delirio de autor que prostituyen un cordero patagónico marcado hace diez días, o los restaurantes familiares marplatenses que ponen un marinero tamaño natural de papel maché en la puerta para cobrar $250 por una paella de medio pelo. Todos quieren salvarse desplumando a un turista incauto y hambriento, pero de ofrecer buena comida ni hablar. Tanta es la malaria, que muchos restaurantes sin nada especial cobran fama de maravilla cuando en realidad apenas logran servirte unos ravioles de caja sin pegarse por menos cuarenta mangos.

Otro bicho que sólo crece en destinos turísticos es la rotisería, una organización con fines de lucro destinada a la defensa y promoción de la reutilización infinita del aceite mezcla. En Buenos Aires ya no se ve en ninguna vidriera una bandada de pollos perdiendo grasa en un spiedo y es bastante difícil conseguir una bomba de papa rellena con queso fresco salvo en el patio de comidas de Coto o de Carrefour. Sin embargo, en la costa argentina está lleno. Como si no hiciera treinta y cinco grados a la sombra, las rotiserías venden buñuelos de acelga, tortillas de papa frita, milanesas, rabas a la romana, churros rellenos y filet de merluza empanado para comer en un ridículo y oscuro departamento a dos cuadras de la playa. Y lo mismo pasa con las facturas. En Capital Federal ya no hay churrerías porque a nadie se le ocurre merendar chorizos de masa fritos cuando tiene que trabajar, pero de vacaciones, parece que todo el mundo quiere uno.

EN LA PLAYA TODO ES PEOR
Una opción para quienes no pueden darse el lujo de comer siempre afuera o quieren aprovechar todo el día en el mar es comer en la playa o en un parador. En general, el argentino promedio se atiborra de sánguches con arena, facturas pegoteadas, yogures volcados, helados de palito y otras asquerosidades durante todo el día. Además, siempre se suma algún snack de los que ofrecen los vendedores ambulantes, que están entrenados en el arte de convencer a los más pequeños de que llevan maravillas en esas heladeritas venenosas llenas de helados marca “Pringor” y gaseosa “Manaos, la cola verde”. En los paradores, la cosa no es mucho mejor. Tienen menú de peatonal marplatense con ínfulas de lounge veraniego que se cree muy diferente y especial porque ofrece licuados llenos de agua a $ 25 y fichas de metegol a seis. Eso sí: en la ensalada hay menos arena.

Por todo esto, para eliminar esta clase de problemas cada vez son más los paquetes turísticos que ofrecen pensiones all inclusive. Tienen un dejo a viaje de egresados o a tour de la tercera edad, pero al menos uno ya sabe que va a comer mal de movida y no se ilusiona. Proponen un menú diferente que incluye desayuno, almuerzo y cena mucho más barato que en un restaurante, pero levantan millones con las bebidas que luego serán cobradas a precio de oro y con aquellos turistas que estén haciendo excursiones a la hora de la cena.

Pero no sólo las comidas principales y necesarias son las peores de todo el año. Como si fuera poco, alrededor de las vacaciones siempre se crea un rally gastronómico producto de las recomendaciones de amigos y revistas. Si vas a Mar del Plata, por ejemplo, hay que ir a comer al puerto, a comprar alfajores a Havanna, a comer medialunas en Atalaya, y a tomar el té a la Boston sí o sí. Si vas al Sur, tenés que ir a tomar un helado a Jauja, comer chocolates en Mamushka o en la abuela Goye, comer embutidos en el ahumadero Weiss y probar las treinta cervezas artesanales que ofrece Blest o a comer fondue a la Casita Suiza. Si vas a Brasil hay que beber caipirinha, tomar cocos en la playa, conocer todas las frutas tropicales, probar la feijoada y los helados, no hay que olvidarse de probar los helados de todos los gustos. Si vas a Villa Gessell hay que comer panqueques en Carlitos o ir a la Jirafa Azul sí o sí. Si no vas, te lo vas a perder, te vas a arrepentir, te vas a querer matar y tu viaje no va a tener sentido, así que hay que ir, hay que ir…. ¿Hay que ir? ¿Necesitamos hacer un rally triangular entre la casita de té del bosque Peralta Ramos, la Boston y la fábrica de alfajores Balcarce? ¿No era que íbamos a descansar, a desenchufarnos, y a olvidarnos de la presión y las obligaciones del mundo real? Seamos honestos una vez ¿Vamos a comer o a descansar? ¿En qué quedamos?


por Carolina Aguirre / Ilustración: María Laura Morales

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