13.04.2010

La farsa de los concursos de vinos

Así funcionan las competencias en las que todas las botellas ganan y todos los consumidores pierden.

concursos de vinos

Para cuando termine el año se habrán realizado en todo el mundo más de 350 concursos de vinos, es decir, casi una competencia por día. Pero la mayoría de esos torneos anuales tiene tanto que ver con la calidad de los vinos como el onanismo tiene que ver con al amor. Es que reparten medallas a troche y moche para que las bodegas puedan decir después que ese vino ganó medalla de oro, o de plata, o de bronce en este o en aquel concurso.

En realidad, los concursos son sólo una herramienta que usan algunas bodegas para mejorar sus ventas o adquirir cierto prestigio. Así pareció entenderlo la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores (WAWWJ, según su sigla en inglés) cuando en 2008 dijo refiriéndose a los concursos: “Esperamos que cada vino elegido por miles de jurados en el mundo logre el objetivo de instalarse en el mercado; y a quienes ya lo están, lo conserven y lo agranden”. ¿Y el consumidor? Bien, gracias.

Todos los concursos (los grandes o los chicos, los serios o los no tanto) son más o menos iguales y su funcionamiento parece calcado con papel carbónico. Si uno no es jurado puede ser divertido ver algunas de las sesiones de cata. Pero no se le ocurra nunca ser jurado en una de estas competiciones: será sometido mañana y tarde a la tortura y vejación de probar vinos a la carrera, uno tras otro, sin aliento, para después llenar planillas a lo loco con el fin de otorgar puntaje a un vino al que nunca se le hará justicia, ya sea a favor o en contra.  

EL SUPLICIO DE SER JURADO
Por lo general, de acuerdo con el prestigio y magnitud del concurso, se convoca para efectuar la premiación a 50 o 60 prestigiosos jurados de todo el mundo: enólogos, bodegueros, sommeliers, periodistas especializados y comerciantes de vinos que serán los encargados de juzgar los vinos por el sistema de puntos otorgados en rigurosas catas a ciega.
Los jurados, separados en grupos, integran un número variable de comisiones según sea la cantidad de vinos que deban catarse. Algunos grandes concursos, como Vinitaly, por ejemplo, en una semana califican más de tres mil vinos diferentes de bodegas provenientes de todos los rincones del planeta. Por lo general, las sesiones de cata empiezan a las 8 de la mañana y se extienden hasta las doce, con un breve paréntesis para descansar algunos minutos.

Sentados a una mesa ridículamente pequeña, cubierta con un papel blanco, repleta de copas vacías, una botella de agua mineral sin gas, un platito con trozos de pan, un recipiente para escupir el vino, varios bolígrafos, un montón de planillas y una banderita del país natal del jurado, los miembros de cada comisión se sientan en fila uno detrás de otro, como si estuviesen en la escuela, para probar todos el mismo vino y otorgarle un puntaje que luego, mediante sumas y divisiones, arrojará el puntaje promedio que le mereció ese vino a los miembros de esa comisión.

Todo comienza con un acto teatral, una especie de ballet, cuando una legión de sommeliers entra a la sala de cata con las botellas que se van a catar forradas en papel madera o envueltas en una bolsa de género para que nadie sepa de qué vino se trata. Una vez que los sommeliers sirven el vino, todos los jurados hacen lo mismo: miran la copa, olfatean el contenido, hacen girar el vino para olerlo otra vez, prueban un sorbito, lo escupen y comienzan a llenar la absurda planilla para calificar el color, la transparencia, la untuosidad, los aromas, la intensidad, la plenitud del gusto, la duración de los taninos en boca, el retrogusto, la armonía de los elementos y toda la parafernalia de la degustación.

Cuando los jurados aún no acabaron de sumar los puntos de cada ítem, viene el sommelier de nuevo y comienza a llenar otra copa con otro vino y así hasta las doce del mediodía. ¡Maldita sea la leche!, como dijo en voz alta un jurado español una vez, harto de semejante fajina. Un castigo de Dios, estos concursos.

VINOS MALTRATADOS
La verdad es que hay que tener un paladar privilegiado para decir cómo es un vino después de haber probado 50 o 60. Por más que uno tome agua, mastique un mendrugo de pan o respire hondo encomendándose a la Virgen María, tendrá la boca pastosa, la lengua acalambrada y las papilas hechas puré. Y lo peor es que deberá echarse a la boca, sin merecerlo, espantosos vinos de Rusia, bituminosos tintos de Austria, espumantes con burbujas del tamaño de una bolita que recuerdan al Indian Tonic, blancos dulces como melaza y si a uno por casualidad le tocara probar el equivalente a un Termidor de tetrabrick no vacilaría en darle cien puntos para otorgarle una medalla de oro.
Juzgar vinos en esas circunstancias equivale a ese juicio en que el fiscal le dice al jurado:

   –Observen al acusado, su mirada torva, su frente estrecha, sus ojos hundidos, su apariencia siniestra.

Y el acusado interrumpe:
   –Pero, bueno, ¿me van a juzgar por asesino o por feo?

Estaría bueno que los vinos pudieran quejarse así del maltrato. Porque por más honesto y experto que sea un jurado su paladar nunca estará en condiciones de disfrutar el placer que produce beber un buen vino, que es lo mejor que puede premiarse en un vino en lugar de descuartizarlo en partes, que es lo que ocurre cuando se define con un número su aroma, su color o su transparencia. Porque ya se sabe que en los vinos, como en el amor, la suma de las partes no siempre es igual al todo.

De todas maneras el consumidor debe tener en cuenta que en ninguno de ellos hay una selección previa de calidad, como ocurre en lo concursos de pintura o en los mundiales de fútbol, por ejemplo. Al contrario, compiten todos los vinos de las bodegas que manden sus muestras y paguen los aranceles de admisión, que no suelen ser bajos. Esto explica por qué están ausentes de las competencias, aún de las más importantes, los vinos más famosos del mundo.

Como la suerte, el azar y el torturado paladar de los jurados suelen ser factores determinantes a la hora de adjudicar una medalla, las bodegas de renombre no quieren aparecer ganando una medalla de bronce, digamos, mientras que un vinito cualquiera de diez pesos la botella ganó una gran medalla de oro. Sería un bochorno para ellos. Y tienen razón en no participar en esas condiciones. Por eso los grandes vinos están ausentes en estas competiciones y figuran siempre, con adecuado puntaje, en cambio, en las catas que hacen las revistas especializadas que no contrastan un vino con otro.  

CONCURSOS QUE ASOMBRAN
¿Qué significa, por ejemplo, ganar una medalla dorada en el Concurso Internacional "Ensenada, Tierra del vino" que se realiza en México en el mes de octubre? ¿O en el San Francisco Chronicle Wine Competition, de Estados Unidos, una competencia international en la que hay una categoría para vinos envasados en tetrabrick?

En realidad hay concursos que asombran, como el West Coast Wine Competition o el Long Beach Grand Cru Wine, ambos de los Estados Unidos. O este de nombre extraño Lone Star International Wine Competition (EEUU) que no tiene nada que envidarle a otro italiano que se llama Selezione del Sindaco Conegliano. Como se ve, una payasada total.

LOS UNICOS CONFIABLES
Hay de todo en materia de concursos de vinos. Por eso lo primero que hay que hacer cuando uno está ante un vino que ganó una medalla de oro es evitar el relumbrón y preguntarse en qué clase de concurso consiguió esa medalla. Porque de los cientos de concursos anuales sólo un puñado tiene la entidad suficiente como para agregarle algo de valor a ese vino.  

El International Wine Challenge es el más importante. El ideólogo de esa competencia es Robert Joseph, un periodista inglés de la prestigiosa revista Wine International. Vinexpo, en Burdeos, es también de los más renombrados, a pesar de que cambió de nombre varias veces. El Concours Mondial de Bruselas ha ganado mucho prestigio en los últimos años, lo mismo que el CatadOr Hyatt Wine Awards –se realiza en varias ciudades del mundo–, pero hay que tener en cuenta que este último es un concurso nacional. El  inglés International Wine and Spirits; Vinalis, en Francia y Vinítaly, en Verona, integran esta corta lista de concursos confiables.


Por Oscar Kosada

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