30.12.2009

Los que pagan para que les llenen la cava

Historias y secretos de la nueva fauna del mundo del vino.


El vino es un juego de grandes que se comportan como chicos. Al menos así lo es para un excéntrico y desfachatado grupo de compradores locales dispuestos a estar en la cima de una colección de etiquetas lujosas.  

Así como el negocio del arte explotó en los años 90 con galerías de moda garantizaban pertenencia a un círculo de poderosos, el vino ha llegado a un lugar similar. Sus marchantes son un puñado de no más de cinco sommeliers, algunos visiblemente ubicados en hoteles high class, que se encargan de gestionar las cavas de adinerados que quieren dar una fiesta el día que inauguran su casa en el country y mostrar su chiche de estreno: una colección de chateaux franceses, con Lepin, Mouton, Dom Pérignon y Pétrus a la cabeza.

Este tipo de compradores (frecuentemente nuevos ricos) siguen la colección del otro con dolor narcisista

Para quienes llenar cavas es un oficio, entre sus clientes hay tres tipologías. Primero, el que sabe, quiere y le gusta el vino con pasión pero no puede comprar sin que su nombre trascienda o que los sabuesos de la AFIP le husmeen los bolsillos. Segundo, aquel a quien el vino no le interesa más allá de poder agasajar a sus invitados y sabe que debe una cava para ello. Y tercero, los que saben que el vino está de moda, y que así como un jarrón Ming o una alfombra persa original le dan lustre su departamento de Madero Este, una colección de botellas le da es touch “in” que lo clasifica en el top 100 de los que pueden tenerla. A ellos nos referiremos a continuación. Estas son las extrañas historias que rodean a los que pagan para que les llenen la cava.

BOMBO, CHORIPAN Y VIÑA COBOS
Un miércoles de primavera del año pasado los celulares de los llenadores de cavas sonaron uno atrás de otro. El hijo mayor del número uno de la CGT quería comprar una cata vertical de Viña Cobos 1999 a 2006 para llevarse el fin de semana a un paseo e impresionar vaya uno a saber a quién. Como un bolo caliente el pedido pasó de manos hasta que un llenador, con diplomacia, se animó a decirle que completar su pedido en 48 horas era imposible. Esa vez el poder no bastó para conseguir un vino cuya botella, a cosecha nueva, cuesta mil pesos.  

UN MUSAR 1969 EN VASITO DE PLASTICO
Musar es un raro vino del Líbano y una pieza codiciada en cualquier colección que se precie. Pero este 69 se le había puesto entre cejas a un acaudalado propietario de una clínica, porque alguien de su entorno lo tenía y lo ponderaba. Según contó a JOY el subastador de vinos de moda, la ansiedad del médico empresario por estar a la altura del otro llegó a tal punto, que cuando le llevaron una caja recién llegada de Europa a su oficina no pudo menos que destapar una botella y, a falta de copas, servirla en un vasito plástico para café. Lo probó de inmediato y “como el vino no tenía fruta y olía a cuero viejo” –exactamente lo que hay después de 40 años de embotellado- lo descartó tirándolo al tacho y reclamó su dinero.

M’HIJO EL LADRON

Verano de 2008. En un country de zona norte, una cava duerme a rumor de la noche. Está asegurada, tiene alarma, y emplea un sistema de contabilidad automática: basta cruzar la puerta con una botella para que un software la reste del listado. El sommelier que la llena también duerme tranquilo en la otra punta de la ciudad. Pero ocurre algo inesperado. Cuando va el fin de semana siguiente a ponerle orden a la excesivamente ordenada cava, falta un carísimo Pétrus del 82. “Imposible, nadie la sacó”, dice el dueño, un político oficialista. Pero al revisar el circuito de video en la hora y día en que el sistema acusa la falta, se ve claramente cómo su hijo adolescente, con otros muchachotes bastante bebidos, se roban la botella para escabiar en la previa. Unos 7 mil euros borrados de un plumazo.

PATRONCITO, LE HERVI LOS VINOS
Pecando de inexpertos, muchos de los hombres que decoran su vanidad con vinos lujosos cometen errores clave. Pongamos que una cava bien llenada con 2500 botellas de las preciadas, asciende sin inconvenientes a 80 mil euros. El único seguro válido para ese dinero es que la cava no falle, pero como dijo Tu Sam… puede fallar. Y en el caso de un empresario rápidamente enriquecido sucedió exactamente eso. En uno de esos arrebatos de confianza que te da la vida, el tipo se casó y construyó su casa en tiempo récord. Quería tener la cava en condiciones para la inauguración y el arquitecto apuró la construcción sin asesorase debidamente. El llenador llegó puntual con las botellas encargadas: unos 80 mil euros de productos variados. Y todo fue una fiesta. Pero al regreso de su luna de miel, un pequeño error técnico –el sistema de refrigeración mal vinculado al termostato de la casa- hizo que ese invierno, en el que la criada le metió pata a la calefacción, los vinos hirvieran bajo tierra y los corchos saltaran como si salieran de un champagne recién descorchado. ¿Cuánto sale un buen equipo de frío especializado? 3,5 mil euros. Un detalle menor que terminó costando una fortuna.

A TINELLI TAMBIEN SE LA LLENAN
Uno de los vinos más buscados y difíciles de conseguir es Vega Sicilia. Y no sólo por razones de mercado. Su principal comprador a nivel local es Marcelo Tinelli, quien se aficionó tanto a este vino español prestigioso y caro (sale 700 Euros), que cada botella que se encuentra va a parar a su cava privada. De ahí que es casi una odisea conseguir una para llenar la cava de otro. El que la tiene, puede decir que está a la altura del conductor del baile del caño.

COMO TRABAJAN LOS LLENADORES DE CAVAS
Los somelliers que se dedican a llenar cavas, ganan entre el 10 y el 20 % de lo que le hacen gastar a quiénes los contratan. El secreto de los llenadores de cava son sus relaciones en el exterior. Tienen contactos especialmente en Francia e Inglaterra, donde salen a la venta o subastan los vinos que acá piden los nuevos y los viejos coleccionistas. También conocen los gustos y necesidades de sus clientes y así gestionan un mercado de reventa, cuya información circula como topos bajo la superficie del mercado, y sus ventas a velocidad de caracol.

GAMBETAS A LA AFIP
Pero cada tanto aparece un caso atípico digno de mención. Por ejemplo en junio pasado surgió un pedido secreto de compra por 220 mil euros en vinos. En ese caso, los llenadores trabajan en conjunto: no es fácil conseguir 300 botellas de la créme de la créme y las relaciones en las altas esferas pueden hallarlas dentro y fuera del país.

En general todos estos vinos importados entran por derecha en la Aduana. Hay, sin embargo, un circuito de botellas carísimas que vienen en valijas diplomáticas, en valijas como la de cualquier vecino y hasta en paquetes sobre el regazo de un sommelier que llega de viaje. Ese es el tipo de correrías y chimentos que luego se comentan los ricachones cuando se visitan y admiran mutuamente sus cavas. Es ahí cuando agitan sus copas y, apenas iluminados por los leds azules que están de moda en estas construcciones, conversan sobre el precio que pagó fulano por una botella y cómo el hijo de mengano se tomó su Petrus con la muchachada.

Así de divertidas (o frívolas, según como se mire) son las costumbres y las anécdotas en el club de los que pagan para que les llenen la cava.

Por Joaquín Hidalgo


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