20.09.2010

Mucho, poquito, o nada: ¿cuánto dejar de propina en el restaurante?

¿Cuánto hay que dejar? ¿Diez por ciento? ¿Nada? ¿Lo que nos plazca? ¿Vos cuánto dejás?


¿Recuerdan esa famosa escena de la película Reservoir Dogs (traducida como Perros de la Calle), en la que seis matones temibles que vivían de golpear, torturar y asesinar a otras personas se peleaban porque uno no quería dejarle propina a la camarera?  Después de desayunar, Chris Penn le pedía un dólar a cada comensal para dejarle a la chica del diner, y todos —Quentin Tarantino, Harvey Keitel, Tim Roth, y Michael Madsen— ponían, salvo Steve Buscemi, que se negaba a dárselo porque la moza sólo le había llenado gratis la taza de café tres veces y él esperaba seis… ¿no les suena? Si no la recuerdan, vuelvan a verla —está en youtube— porque además de ser muy divertida, refleja al eterno dilema de la propina encarnada en tres tipos de consumidores: los que conciben la propina como una obligación, los que la entienden como un premio, y los que no la entienden ni la conciben porque, como el personaje de Steve Buscemi, “no creen en ella”.

MUCHO
Los primeros siempre dejan el 10% por convicción.  No se cuestionan si está bien o mal dejar propina porque ven ese acto como una norma de urbanidad y de buen gusto. Son capaces de gritarle a un amigo en el medio de un restaurante que es una rata de alcantarilla si lo ven dejar un bollito de dos pesos sobre la mesa y de discutir durante horas con alguien que no quiere dejar lo suficiente porque la atención no fue tan buena como esperaba.

En general, argumentan que en muchos países del primer mundo está incluida en el ticket y que en Argentina fue obligatoria desde 1946 hasta 1976 porque se consideraba que formaba parte del salario del trabajador gastronómico.  Que sólo un gobierno nefasto como el militar fue capaz de sacar de vigencia una ley que garantizaba un sueldo digno para trabajadores de clase baja, y que quien deja menos porque no quiere o no puede, tiene que quedarse en casa hasta que consiga el dinero suficiente para salir a comer afuera. 

Para ellos, lo único opcional es dejar más del 10% de propina, que depende de la performance del mozo y puede variar, a gusto del consumidor. Lo demás —tanto el gesto como el monto— no está en discusión.
 
POQUITO
Los segundos tienen una opinión más laxa. Suelen dejar unos pesos, sí, pero para ellos la propina es algo que se gana y no una obligación, una suerte de condimento extra cuando el servicio es excelente y amerita un premio. Si el camarero se olvida de traer el limón o tarda mucho con la cuenta, por ejemplo, la propina baja. Si además es antipático, puede que adicionen sólo unos centavos para hacérselo notar. Y si el restaurante cobra servicio de mesa es probable que no dejen nada, porque sostienen que en ese importe — junto con el lavado de mantel, de los cubiertos y servicio de panera— se incluye la parte del camarero. 

Sin embargo, esta postura que a primera vista puede parecer justa, esconde varias miserias. Para empezar, por más excelente que sea el servicio, este tan mentado premio rara vez asciende al 10%. Para ellos, el monto, como el gesto, es “a voluntad”, y como tienen una voluntad bastante floja, suelen dejar el cambio que tienen encima, compuesto principalmente por monedas. Veinticinco centavos por un café, dos pesos por un almuerzo, cinco pesos por una cena. Y en segundo lugar, porque se sirve de la generosidad de otros. De hecho, si alguien los increpa, este tipo de cliente responde siempre lo mismo: ¿Te parece poco? ¿Sabés lo que juntan estos pibes con veinticinco de acá, dos pesos de allá, un peso del otro lado? Al final se llevan el sueldo en limpio.

NADA
Por último, están los más reaccionarios, que están en contra de dar propina. Alegan que ellos no deberían pagarle propina a alguien que sólo está haciendo su trabajo porque a ellos nadie les deja propina sobre su escritorio en su oficina. Que la propina le corresponde sólo a un servicio gratuito, como cuando un sobrino te va a comprar cigarrillos o un muchacho te trae el diario gratuito del subte.  Algunos suelen escudarse en la inflación o en los precios de los restaurantes para justificar sus moneditas.

Según ellos, salir a comer está cada vez más caro y si encima hay que dejar un 10% de propina es imposible llevar a la familia a almorzar un domingo al mediodía. Otros, en cambio, dicen que la propina sólo beneficia al empleador, que se ahorra dos mil pesos de sueldo porque todos suplementamos los negrerísimos ochocientos pesos mensuales que él paga y declara —si es que lo hace— en el recibo de sueldo, además de ahorrarse cargas sociales, aguinaldo, vacaciones pagas y, en el caso de despedirlo, indemnización. 

¿Al final, cómo es?—dice, exaltado— ¿Nos cobran la comida, el cubierto, la panera y los sueldos de los empleados?  ¿Y los aportes? ¿O me vas a decir que hace aportes por la propina? ¡Qué negoción! ¡Me voy a poner un restaurante yo también!

LOS PROPINEROS, LOS TACAÑOS
¿Cuál es el resultado de semejante mezcla? En Argentina, los camareros dicen que salvo algunos extranjeros y clientes generosos, casi nadie les deja un 10 por ciento. Que en promedio  reciben el 5%, pero suele variar de acuerdo al target del bar o restaurante. Sin embargo, el número no está directamente relacionado con la clase social o el poder adquisitivo de los clientes.

De más está decir que un camarero de Patagonia Sur, en donde un comensal gasta 400 pesos en un plato principal, postre y bebida, saca más propinas que los muchachos que hierven salchichas en Pancho 46, pero el porcentaje es bastante parecido.  Entre un 5 y un 7%, los más simpáticos.

¿Quiénes son los más propineros? Los galanes que quieren impresionar a una chica, los que van a trabajar con la notebook y necesitan enchufes, claves de wifi o una mesa especial, y los yuppies jóvenes, cuando van entre varios ¿Y los más tacaños? Los estudiantes que se quedan cinco horas subrayando en la mesa, las viejas paquetas, y los jóvenes de clase media que salen los sábados por la noche y gastan 400 pesos en una mesa pero dejan diez de propina porque el resto lo reinvierten en alcohol.

También hay anécdotas de todo tipo alrededor de estos arquetipos de clientes: desde viejas de Recoleta que dejan dos moneditas de diez centavos apiladas encima del ticket, extranjeros que no entienden el cambio y dejan un billete de cincuenta pesos por un café con leche, y comensales que aprovechan haber pagado con tarjeta de débito para decir que no tienen cambio y no pueden dejar nada sobre la mesa. Incluso nos han contado que Ricardo Fort suele dejarle 100 dólares a cada camarero si le gustó el servicio y la atención, pero que también se ha ido sin dejar nada después de haber hecho tres horas de ruido con sus andróginos Fortmen en un restaurante de la Costanera.

Quizás por eso, la senadora Liliana Negre de Alonso presentó un proyecto para que la propina obligatoria volviera a ser obligatoria como lo era durante la época de Perón. De esa forma, todos los trabajadores tendrían garantizado un ingreso estable, sin depender del humor y del bolsillo de los clientes.

Pero parece que no todos están de acuerdo. Mientras que los mozos respondieron chochos a la iniciativa, por supuesto, los restaurateurs creen que desalentará el consumo, y los clientes, que los camareros atenderán desganados porque saben que de todas formas van a cobrar un 10% al final de la cena.

UNA LEVE FORMA DE PROSTITUCION

Mientras tanto, el debate sigue. Algunos insisten con que la propina es un abuso, otros sostienen que hay que dejarla siempre porque el mozo vive de eso, y otros quieren decidir qué cantidad dejar de acuerdo al servicio que recibieron. Nadie duda de que los camareros tengan que cobrar mejor ¿Pero deben ser los clientes los responsables de pagar el salario de los empleados de otro?  ¿Es justo que los mozos tengan que garantizarse el sueldo a base de sonrisas y lamidas de botas? ¿Y qué hay de las chicas que tienen que sonreírle a un cliente baboso que les mira el culo porque no pueden prescindir de ese 10% adicional? ¿No termina siendo, al final, una forma diluida de prostitución?  

Si la propina es obligatoria, se benefician los dueños de los comercios, es cierto.  Si es opcional o a voluntad, se joden los pobres camareros, también cierto.  ¿Entonces? ¿Cuál es la solución?  ¿Pagan ellos, pagamos nosotros, pagamos entre los dos, no paga nadie? 

Yo digo que mientras los mozos sigan viviendo de las propinas, tenemos la obligación moral de dejar el estricto diez por ciento.  Después de todo, si hasta un mafioso cumple con ese requisito  ¿Tan difícil es que nosotros, gente honrada y de bien, seamos generosos con los camareros?


por Carolina Aguirre

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