01.12.2015

Pepe Martínez Rosell, el rey de las burbujas

En materia de espumantes, lo que manda es el expertise del enólogo antes que el terroir. Y Alejandro “Pepe” Martínez Rosell, al frente de Rosell Boher, lo sabe bien.


"Hacer espumoso requiere imaginación”, dice Alejandro Martínez Rosell, el hombre detrás de las burbujas de Rosell Boher, la bodega que produce algunos de los mejores espumantes de la Argentina. Pero no cualquier tipo de imaginación, agregamos nosotros. Una en particular, la enológica: “Hay que elaborar un vino hoy, lo más neutro posible, para luego imaginar cómo al cabo de una crianza de dos, tres años será un espumoso espléndido, lleno de aromas de pan brioche y levaduras, con una boca delicada, chispeante y a al vez elegante”, dice. Y lo que uno se imagina, más bien, es una tarea imposible. Aunque no para alguien que lleva muchos años haciendo burbujas. Tantos, como vendimias cruza su vida. Ni más ni menos que 35. 

La suya es la historia de una escuela. La que va desde Navarro Correas en la década de 1980 hasta la actualidad de Rosell Boher. En ese lapso, hilvana algunos puntos fuertes de una tradición que hoy distingue a la Argentina en el mundo.

PRIMERAS BURBUJAS
“Mi vida con los espumosos arrancó en 1982. Fue de la mano de la champagnera Deutz, que ese año había sido elegida como la mejor del mundo en un concurso”, recuerda. Y agrega: “El plan de Nicolás Carrasco, que era el dueño de Navarro Correas, era llegar por lo menos a lo que era Barón B”. Los especialistas vinieron, probaron los vinos, eligieron las viñas y dieron el puntapié inicial a una carrera (“eso no lo sabía entonces”) que lo llevaría a recorrer las cavas de dos bodegas emblemáticas en materia de burbujas: primero, la mencionada Navarro Correas; luego, Rosell Boher, que sería su casa de ahí en más.

En aquella época, elaborar vinos no tenía el glamour de hoy. De modo que, ni lerdos ni perezosos, en Navarro pusieron a una mujer sensual, Vilma Gutiérrez, como cara visible de la enología. Por eso es que pocos recuerdan que Martínez Rosell era quien estaba en la cava de la calle Perito Moreno –que había pertenecido a la familia Calise–, en cuyos dos sótanos de bóvedas catalanas hacía la toma de espuma de los vinos bases. Entonces, la vida de Alejandro se topó con la de un encargado de bodega que llegó a ser legendario: Domingo Santoni.

“Santoni –se apresura a aclarar Martínez Rosell– fue el capataz de esa bodega. Él había trabajado con Raúl de la Mota en Arizu, donde hacían uno de los mejores espumantes de la época”. Así, la dupla Santoni-Martínez Rosell, junto con otro enólogo, Alberto “Chivo” Antolín, dieron vuelo a los primeros espumosos de Navarro Correas, una marca que llegó a ser tan célebre que, cuando se vendió a fines de 1996, solo cedió su nombre. Pero los activos, que eran tres bodegas incluida la champagnera, no pasaron de manos. Y ahí arranca la otra historia.

EL CAMINO PROPIO
“Llevamos unos 15 años haciendo burbujas, cuando quedé inventariado del lado de los compradores, así que me quedé trabajando en Navarro Correas”, recuerda Martínez Rosell. Seguía siendo el hombre en las sombras, que administraba la bodega, hacía el papeleo y además elaboraba todo, de los vinos al licor de expedición. Hasta que, una tarde de 1999, fue a verlo Nicolás Carrasco: “Quería hacer otra bodega, una champagnera cien por ciento y me pedía, otra vez, que fuera su mano derecha”, dice. Y así comenzó Rosell Boher.

Carrasco había aprendido que lo importante era la imagen. Convocó a Pedro Rosell, que era cuñado suyo, para ponerle nombre y apellido a la nueva casa. “Repetía el golpe de los ochenta, en el que uno ponía la cara y el otro el trabajo”, reflexiona Alejandro. Pero esa sociedad duró poco y pronto Pedro Rosell se mandó a mudar, no sin conflictos.

LA ETAPA LUMINOSA
Ahí se dio inicio a la etapa luminosa de Alejandro Martínez Rosell: tenía dos décadas de experiencia, había hecho vinos base para diferentes tipos de espumosos y conocía al detalle los secretos de la elaboración. Estaba, para decirlo en términos enológicos, en el punto justo de madurez.

Desde 2003, es el hombre al frente de las burbujas y no detrás, como antes. Tenía entre manos la experiencia propia, la herencia de De la Mota, el expertise del capataz Domingo Santoni y el rodaje de todos ellos. Así es que se lanzó a idear sus propias creaciones y a timonear un proyecto de espumosos que crecía con escuela propia. Nacieron Rosell Boher Cuvée Millesime, Rosell Boher Rosé y Casa Boher, entre otros vinos que sacó de su galera. Incluso Rosell Boher Grand Cuvée Edición Limitada, con 70 meses de crianza. Un vino que empezó a idear en 2008 y que recién vio la luz en 2014. 

Eso es un acto de imaginación pura. El otro, fue la región de Champange. De tanto estudiarla, la aprendió de memoria, y puso el pie en el paisaje por primera vez recién en 2012, treinta años después de su primera vendimia y con un puñado de burbujas de su propia escuela para ofrecerle. 

LAS MANOS EN EL MOSTO
35 años. Ese es el arco que cubre la biografía embotellada de Martínez Rosell, un enólogo e ingeniero agrónomo, que con los años pasó de ocupar las bambalinas de las bodegas a la primera línea de una casa de espumosos y tiene una clara visión de cómo se formó el boom de las burbujas en nuestro país. Eso sí: siempre con las manos hundidas en el mosto. Y eso se nota. No en vano, los espumosos y los vinos tranquilos de la bodega que comanda ofrecen un destacado perfil entre clásico y moderno. Y ese mix se refleja, de alguna forma, en su vida: acaba de incorporar Facebook a su vida y recién descubre las bondades de WhatsApp. 

Por Joaquín Hidalgo

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