30.10.2009

Todo mal: la tiranía de los sibaritas 2.0

Planeta JOY le apunta a la gente que comenta sobre comida y restaurantes en la web. ¿Vos de que lado estás?

críticos web 2.0

Hasta hace unos años, un sibarita hecho y derecho compraba la guía de restaurantes de Vidal Buzzi, se suscribía a las revistas de gastronomía, o leía los suplementos de salidas de algunos diarios. Si uno podía darse el lujo de salir a comer afuera una vez por semana, una estrategia piola era encontrar algunos críticos que tuvieran gustos afines a los suyos para mantenerse al tanto de las novedades e ir probando sus recomendaciones.

Pero este método (que por muchos años fue efectivo) siempre tuvo un problema. En estas revistas y suplementos muchas veces las reseñas estaban condicionadas a la pauta publicitaria o bien quedaban desactualizadas.
Por eso, cuando apareció la web 2.0 (es decir, una versión “interactiva” de internet en donde los lectores pueden editar la Wikipedia, desarrollar contenidos para un blog, o tener un programa de televisión en You Tube) surgió la idea de democratizar la crítica gastronómica; es decir, que todos los comensales pudieran calificar a los restaurantes y que todos pudiéramos ver esa calificación. Que así como en Ebay se puede dejar un feedback tras realizar una transacción, se pudiera hacer lo mismo con la comida.

Bajo esa idea nacieron las guías de restaurantes online en las que el usuario puede ponerle puntaje a la comida, además de páginas de Facebook de restaurantes y microsites de gastronomía y entretenimiento en diarios como Clarín o La Nación. Ahí, en vez de leer exclusivamente la opinión de algún crítico sofisticado de paladar exigente que no paga por su comida, se puede leer la verdadera voz del pueblo, es decir, a los que sí pagan por lo que comen en el restaurante.

Y al principio funcionó. Como idea, al menos, es muy buena. Uno puede elegir un lugar de acuerdo a la reseña de cien comensales diferentes que fueron en cien noches distintas y que no poseen ningún interés en el emprendimiento más que obtener un producto justo por el dinero que pagan. Una maravilla. Pero como pasa muchas veces con las ideas, hay algunas que sólo funcionan bien en el plano teórico o ideal; en la práctica tienen muchos problemas. Y esta no es la excepción.

“¡EL SUSHI ESTABA CRUDO!”
La primera falla de este sistema es que quienes critican la comida no necesariamente saben sobre comida, y que quien lee esa crítica, no lo sabe. Por ejemplo, cuando un restaurante tiene tres estrellas, no sabemos si se las puso un anormal que come salchicha con Pomarola o un estudiante del Instituto Culinario de Nueva York que estaba de paseo en el país. No tenemos idea si quienes ponderan un vino toman todos los días Termidor y se sienten deslumbrados por cualquier vino en botella, o si la estrellita la ha puesto un exigente y meticuloso sommelier. Desconocemos si la que escribe es Doña Rosa, que se quiso gastar la mensualidad en probar la famosa cocina molecular de la que hablaron en el programa “Mañaneras” y luego se le ocurrió que era una porquería porque las porciones eran demasiado pequeñas al lado de sus canelones. En la web, no se puede saber. Y eso es definitivamente un problema.

“Excelente restaurante, lo conozco desde el año 1999 y la verdad es que es fabuloso. Amigos extranjeros a los que he llevado a comer o cenar a The Grants  me han felicitado por la elección”, explica otro usuario sobre un tenedor libre célebre por su mala comida y por sus reiteradas infracciones de higiene, antes de ponerle el mismo puntaje que tienen Tomo I, Oviedo y La Bourgogne en la misma guía.

“El sushi estaba todo crudo. Fue mi primera vez, pero no vuelvo más”, escribe, furioso, un cliente uno de los mejores restaurantes japoneses del país.

“Si tropezás en la puerta y caés del lado de adentro, pedite una gaseosa, pagá y andate cuando se te pase el susto”, dice otro usuario para describir el ambiente de una parrilla de Caballito.

CRITICOS Y EXIGENTES, PERO ANONIMOS
El segundo asunto, es que al ser un sistema anónimo, tiene su grado de perversión. Mientras que el restaurante tiene nombre, dirección, web, mail, teléfono y un menú online, y un crítico especializado firma sus artículos con nombre y apellido, quien opina en estas guías se esconde detrás de un nick.

“El Bocha” puede decir (cito textual) “Es una parrilla para la ruta 3 de Gonzalez Catán. Pasan el tacho con achuras hervidas delante de tu nariz. Las mozas son las que antes repartían volantes en la esquina. Es tenedor libre, la comida está dos puntos debajo de mala”, sin ningún reparo o temor. Incluso puede decir eso y volver al restaurante al día siguiente, sonreírle al dueño, elogiar al mozo e irse a casa como si nada. Incluso la competencia puede hacerlo. Cualquier restaurante puede inscribirse con varios usuarios distintos y destrozar al negocio que se está llevando sus clientes porque tiene un producto mejor.

Además, si bien es verdad que al principio la gente pudo participar del éxito de un restaurante o predecir su deceso, con el tiempo se empezó a fanatizar y a encontrar el gustito del poder, y en vez de pedir o recomendar, directamente empezaron a exigir y a decirle a los restaurantes qué tenían que hacer con sus empleados, su presupuesto y su menú. Hoy en día, una secretaria, un ingeniero civil o una maestra de jardín de infantes están convencidos de que pueden decidir a qué hora debería abrir el restaurante (y en consecuencia cuántos empleados y cuántos turnos debería tener), qué distribución deben tener las mesas, y cuál debe ser el punto de cocción de un risotto.  Ya no existe el “para mí, las pastas estaban pasadas”, ahora es “los ravioles son una mierda, ojalá se fundan y tengan que vender estampitas en el subte”.
Basta con ver las páginas de Facebook que tienen algunos restaurantes. La de Sushi Pop —un sushi económico enfocado en oficinistas— está llena de estos ejemplos. Los usuarios parecen no entender que compran sushi a la mitad de precio que en otros lugares y dejan quejas insólitas en el muro: que no les hicieron un regalo de Pascuas, que el local del microcentro no hace delivery en Villa Ballester, que el queso es mucho, que el queso es poco, que el queso les cae pesado, y que no pueden pagar un combo de $13 con tarjeta de crédito.

Dora, una clienta habitué, deja mensajes como estos: “No es justo! Ustedes cierran el delivery a las 3 y mi horario de almuerzo es de 3 a 4”, o “Un desastre. Pedí el roll con ananá porque en mi barrio vi ananá fresca y era de lata. No les pido más”.

¿Qué espera esta clienta? ¿Qué la empresa contrate otro turno de empleados para atender y llevarle su combito de trece pesos a la hora que a ella se le ocurre almorzar?  ¿Que anoten cómo se imagina cada comensal el menú y lo haga de acuerdo a sus sueños? ¿Qué lugar ocupa el chef en un sistema en el cual 4000 comensales tiranos que no saben hacer ni una chocotorta le dicen qué ingredientes debería tener su menú?

Haciendo honor a la web 2.0 y al verdadero concepto de interactividad, los dueños de un restaurante deberían contestarle algo a Dora para que se espabile: “Dora, te pedimos perdón de rodillas porque el sushi de ananá no es exactamente como vos lo imaginaste. Desde ahora, avisanos cómo te imaginás el menú para que lo hagamos todo de acuerdo a tus sueños. Sos el ombligo del mundo y nuestra única ambición es complacerte. Vamos a contratar telefonistas y un sushiman durante las 24 horas para que vos puedas pedir a la hora que se te cante. Estamos para servirte. Somos tus siervos”.

“Sería bueno que cada tanto hagan una atención a los que somos clientes frecuentes ya que pido dos veces por semana y jamás ligo nada. Además, tengo amigos vegetarianos y sólo podemos pedir una variedad, seria buenísimo que hagan una variedad más del tipo vegetariana para estos casos”, dice otra clienta vergonzosamente pedigüeña.
“Ah, esperá, esperá—deberían aclararle los dueños— ¿Vos sos la que gasta 50 pesos por mes? Nos hubieras avisado, nos estamos haciendo millonarios con tus pedidos. La semana pasada nos compramos un velero, desde mañana con cada combo de $25 te mandamos un BMW y ahora que sabemos que tus amigos son vegetarianos, todo el menú va a ser vegetariano. Estábamos re perdidos, pero por suerte estás ahí para decirnos qué nos conviene hacer con nuestro negocio. Nuestra ambición no es ganar dinero, sino que tus amigos vegetarianos no tengan que gastar más plata llamando a Sushi Club”.

Quizás la web 2.0 sea eso. Que todos podamos comentar lo que se nos ocurra, incluidos los restaurantes. Tal como pasa en Ebay, que califica tanto el que compra como el que vende un producto, tendría que haber una página con el nombre de cada persona para que los restaurantes opinen cómo es cada cliente cuando sale a comer afuera: “Come con la boca abierta, deja el baño en condiciones deplorables, sus dos pibes se cagan a trompadas durante toda la cena y como broche de oro, deja dos pesos de propina”, le dirían a Carlos Pérez de Balvanera los dueños de la parrilla a la que va los domingos. Sería un lío y muchos terminarían a las piñas, es verdad,  ¿Pero no sería más justo?

 

por Carolina Aguirre / ilustración Carla Teso

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