23.06.2009

Vino y flatolabia: el arte de hablar al dope

Los sommeliers y críticos ya no saben qué palabras inventar para describir los vinos que prueban. Aquí, las frases más ridículas.


Decía Borges que cuando se abordan asuntos escatológicos no conviene abusar de las metáforas y es mejor llamar a las cosas por su nombre. De ahí la crudeza de algunas palabras que se incluyen en esta crónica en torno de la flatolabia del vino. No es para cargar las tintas –porque hay palabras que por sí solas resuenan como un disparo en un cuarto vacío– sino para que se entienda mejor de qué hablamos cuando se habla al “cuete”.

Días pasados, en ese inmenso reservorio de disparates que es ahora el canal Gourmet, el especialista chileno Patricio Tapia –un periodista dedicado a probar y comentar vinos por todo el mundo– tuvo una profunda diferencia gustativa con uno de los dueños de Château-Chalon, una bodega del Jura, pionera en la elaboración del vin jaune, un vino dulce muy particular y muy apreciado que sólo se produce en esa parte de Francia. Después de olfatear una copa de ese rico vino, Tapia dijo:
   –Están presentes notas minerales, a piedra de afilar, y también un perfume a hojas de laurel. Excelente…excelente…
   –Mmm… yo no diría tanto hojas de laurel –dijo el bodeguero francés– sino más bien a fenogreco…
   –Sí, puede ser –retrucó Tapia narigueteando la copa como un verdadero orate–, pero hojas de laurel… Laurel sin lugar a dudas.

Así estuvieron un largo momento (el tiempo suficiente como para que uno pudiera cambiar de canal) discutiendo si era fenogreco –una especie presente casi únicamente en los curry de la India– o si en realidad ese vino olía a laurel ... Si esto no es flatolabia, la flatolabia ¿dónde está?

Hay que reconocer que el mundo del vino, con sus muchas aristas hedonistas, vecino siempre de la buena mesa, se presta a este tipo de papanatismo que no es exclusivo de la Argentina. En Toscana, por ejemplo, en un lugar llamado Bolghieri, está la bodega Le Macchiole, cuyo vino Messorio Merlot 2004 (US$ 250) fue calificado con 100 puntos (el máximo posible) por el periodista James Suckling de la revista Wine Spectator. “Es realmente un vino glorioso –escribió el tonto de James– de color bituminoso y aromas de humus profundo”. Sacando el detalle de que bituminoso se refería al petróleo y que el humus nunca es profundo, ya que así se le llama a la capa superficial de la tierra, ¿habrá alguien a quien le guste beber un vino que huele a podredumbre? Porque a eso es a lo que huele el humus, como cualquiera que haya caminado por un campo recién arado podrá certificarlo.

VINO Y PASTELERIA
Claro que los epígonos locales de la flatolabia suelen esmerase como pocos a la hora de decir o escribir bobadas parecidas sobre el vino. Y no es porque sean ignorantes sino porque el planeta vino está poblado por aquí de escribidores al flato. Si no veamos lo que le ocurrió a una de las más importares bodegas de la Argentina, que elabora una líneas de vinos varietales con una notable relación calidad- precio. En una reciente gacetilla de prensa la misma empresa definió así a su Tempranillo 2005: “… se destacan aromas a grosellas, mora y regaliz (…) acompañados por vainilla y caramelo”. Del Cabernet Sauvignon 2004 la misma gacetilla distribuida dice que tiene aromas “de frutos negros y rojos (frambuesas, guinda, cassis, moras) combinado con notas de caramelo y vainilla”. Después de leer ese texto flatolábico a uno le queda la sensación que de estar en presencia de un vino para ser servido no en una copa sino en un crocante cucurucho, ya que la descripción parece copiada de la lista de gustos de Freddo.

La Cava de Bolotín es un muy conocido sitio de la Internet en el cual se comentan y se discuten toda clase de vinos argentinos. Hace poco se podía leer un curioso análisis sensorial del vino de Finca Flichman Paisaje de Barrancas 2001, un genérico de alta gama que la bodega elaborara sólo cuando las cosechas son excepcionales. Federico J. Bolotin escribió esto sobre ese magnifico vino: “Color rojo con aros color fuego como las hojas de otoño. Aroma a especias, azúcar quemada y frutas rojas. Un vino directo, paisano, con pimienta negra y dulce de leche picoteado con canela y clavo de olor”. ¡A la mierda… dan ganas de no comprarlo! Dulce de leche por dulce de leche, La Serenísima ofrece mayores garantías que Flichman, que si bien sabe mucho de vinos, de tambos no conoce nada.

Por su parte, la revista Wine and Spirit escribió este elogio del Alamos Malbec 2006 de la bodega Catena: “[tiene] intensas notas de mora y tostado seguidos de un paladar medio pleno de sabores a canela, torta de frutas y especies, con una cremosa y dulce terminación”. Si le creemos a esa revista, Nicolás Catena debe haberse vuelto loco al reemplazar a sus buenos enólogos por algún ignoto pastelero.

BEBIBLES Y VEGETARIANOS
No es cuestión de señalar únicamente la flatolabia de los otros. También los más conocidos y prestigiosos periodistas gastronómicos y las revistas especializadas porteñas  practican este ridículo volapuk usado urbe et orbi para maltratar al vino. En la revista Viva, que acompaña el diario Clarín de los domingos, Federico Fialayre –talentoso y joven sommelier, gerente del restaurante Tomo 1, que incursiona en el periodismo enológico– escribió, tal vez sin darse cuenta, este comentario sobre el San Felipe 2002 de la bodega  La Rural: “Lo describiría como un vino de aromas cálidos y prudentemente afrutado, pero si lo prueba descubrirá que la astucia de los vinos de La Rural (la bodega de los Trumpeter y la línea Rutini) se ve en boca: son vinos pensados para tomar”. Sorprendente conclusión si se tiene en cuenta que el vino es una de las bebidas más antiguas de la humanidad y que el vino es para eso, para beber. Nadie imagina que un vino no sea pensado para tomar.

Del mismo autor, en la misma revista copiamos este párrafo referido a otro vino de esa misma bodega: “A quienes la idea del queso gratinado no les parezca una amenaza sino, más bien, un atractivo, les propongo tintos cuyos taninos van a ser sumamente útiles para que el vino no pase inadvertido. La Rural ofrece un corte de Cabernet Sauvignon y Malbec, el Cepa Tradicional que irá muy bien en este caso. Alguna vez hablé en esta columna del asombro que me produce este vino simple cuyos esfuerzos tánicos no estrangulan la garganta, sino que agregan el interés equivalente a la tensión dramática en una obra de teatro”. No es que Federico sepa más de estranguladores que de vinos, al contrario: tiene experiencia y buen paladar a la hora de recomendar, en Tomo 1, un vino para determinado plato. Inmerso en la flatolabia del vino,  a Federico se le escapó la tortuga y escribió esas cosas, bien dichas pero carentes de sentido.

Un pecado menor, el de Fialayre, comparado con esto que cuenta el periodista Alejandro Maglione en La Nación: “…días pasados me topo con un magnífico vino blush  de Cabernet hecho por Guillermo Barzi Canale [dueño de la bodega Canale de Río Negro], que en su dorso daba mucha información detallada del mismo, y aparecía la aclaración que es "apto para vegetarianos". Y ahí se me voló la cabeza. ¿Qué vegetariano no podría beber jugo de uva fermentado? Queda la pregunta planteada para que Guillermo la conteste cuando quiera”.

JUGOSO ENCANTO GENETICO
El sommelier y restauranteur Luciano Sosto, un joven que realmente sabe de vinos, incursiona en el periodismo desde la revista RSVP y lo hace con propiedad técnica. Sin embargo no está libre de culpas. Tal vez porque la flatolabia abunda y el idioma español escasea, en uno de sus resúmenes de cata (marzo de 2007)  dice de los siguientes vinos: Vistalba Corte B 2006: “Su boca es jugosa…”; del Expresiones Reserva Roble 2005, de la bodega Flichman: “En boca es destacable su jugosidad”.  Del Trumpeter Reserve 2004: “En boca es jugoso…”; del Otra Vida Tempranillo 2005, de la bodega Trivento: “En boca lo percibimos refrescante, intenso y jugoso”. No cabe duda que ser jugoso debe ser un atributo de gran parte de los vinos argentinos.

En la “Guía de vinos” que publica la revista elgourmet.com, el sommelier Fabricio G. Portelli transita caminos inéditos en materia de flatolabia. Refiriéndose al Valentín lacrado, de la bodega Bianchi, suelta una frase enigmática, si bien novedosa: “Hay un encanto genético (sic) en el lacrado  –dice– porque si bien posee un cuerpo leve, poca intensidad de color con toques de evolución y aromas tenues, es súper agradable de beber”. Portelli, a este vino sin indicación de añada en la etiqueta, le otorgó 74 puntos (sobre 100) en la revista que comentamos, pero en la primera edición del Anuario Brascó 2006 lo calificó  con 72 puntos, seguramente porque a la botella que degustó para este anuario le faltaba el inefable “encanto genético”, ausente sin aviso.

BASTA DE RIDICULECES
Se podría seguir hasta el infinito armando una antología con lo mejor de la flatolabia vernácula, pero sería una crueldad innecesaria, porque no nos guía el propósito de fustigar sino del de realizar una prédica. Exhortar a los periodistas que escriben sobre vinos a que de una vez por todas dejen de encontrar aromas escondidos o taninos secos que no agregan nada para el consumidor y sólo se prestan para la chacota.

Claro que sin recurrir a la flatolabia habrá que trabajar más, contar historias, definir estilos, leer más para mantenerse al día, recurrir a las entrevistas con los protagonistas, sincerar la comunicación dejando de ser parte del marketing de las bodegas y pensar más en el público consumidor y en los lectores que en los aparatos comerciales, que a la larga se beneficiarán con una comunicación menos snob, menos alambicada y más clara que ésta que en el fondo es absolutamente ridícula.

Eso no quiere decir que deba desterrarse el ingenio. Veamos si no esta frase de Elizabeth Checa: "Hay vinos que huelen a ropero de pensión de novela de Onetti", graciosa metáfora para señalar el excesivo pase por madera de un vino. O este comentario de Miguel Brascó referido al blend Paisaje de Barrancas 2002 de Finca Flichman al que le otorgó 91 puntos: “Hay dialécticas nuevo cuño no explicitadas en estas fermentaciones Luis Cabral de Almeida. Son el aporte enológico portugués dernier cri al clásico estilo más bien Peynaud siempre seguido por Finca Flichman”.  Realmente conmovedor este aporte estilístico del viejo maestro.

Sigamos combatiendo la flatolabia, porque como dijo Alfred Jarry: “Siempre nos quedará algo por demoler mientras no hayamos demolido las ruinas mismas”.

Por Oscar Kosada

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