01.02.2013

5 nuevos clichés de la gastronomía

Primero, la lechuga se empezó a llamar "hojas verdes", después todo restaurante pasó a ser "lounge", llegó el volcán de chocolate y apareció el maracuyá. ¿Ahora? Estos son los lugares comunes de los restaurantes.


El “yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles” en su máxima expresión.  La repetición de lo ya probado, en lugar del riesgo de lo nuevo, el copy-paste sobre las fórmulas propias. En la gastronomía, como en todos los rubros, también priman los lugares comunes, que van cambiando por temporada. Estos son algunos de los que funcionan hoy:

1) PONERLE EL NOMBRE DE LA ABUELA AL RESTAURANTE
Están muy bien los homenajes. A muchos chefs -siempre se encargan de contarlo- fueron sus nonas o bobes las que inocularon el placer por comer, cocinar y pasarla bien, pero ¿no habría que aflojar un poco –un poco– con esta manía de ponerle sus nombres a los restaurantes? El cliché funciona en particular para los delis. Cuando en 2008 la cocinera Mirén Argañarás decidió bautizar Porota a su pequeño y coqueto local de Palermo, la pegó, fue algo novedoso y original. Pero a este lo siguieron una legión de Pierinas, Auroras, Ofelias, Helenas (y Elenas), Lucindas, Belindas, Carmenes, Simonas, y un largo etcétera. Si esto sigue así, es de esperarse que en diez años o quince años surjan un montón de locales que se llamen Susana, Graciela, Norma o Silvia. Veremos.

2) NO VENDER GASEOSAS
Hasta hace un par de años hubiese sido algo impensado llegar a un restaurante, pedir una Coca y que el mozo te respondiera, sin sonrojarse: no vendemos gaseosas. ¿Cómo? Era casi lo mismo que te dijera que no tenían café o té con limón. Bueno, a ir acostumbrándose porque hoy muchos lugares comienzan a adoptar esta política. Sabemos que las gaseosas engordan, que las marcas más famosas son monopólicas, pero muchas veces suena a sobreactuación. En particular, cuando a la limonada o el agua de tamarindo que presentan como alternativa la ensalzan con tres cucharadas de azúcar blanca refinada. Algunos lugares que se plegaron a la decisión de no expender gaseosas: desde Hierbabuena (Caseros 454), uno de los precursores, hasta el recientemente inaugurado Fifí Almacén (Gorriti 4812), Picnic (Florida 102) o Buenos Aires Verde (Gorriti 5657), entre otros.

3) LLENAR LAS PAREDES DEL RESTAURANTE CON MENSAJES POSITIVOS 
Es una fija de los lugares de cocina natural u orgánica. Estampar sus muros con frases inspiradoras, motivadoras, que parecen dictadas por una profesora de gimnasio en pico de endorfinas o por un coach de El arte de Vivir. ¡Viva la vida! ¡Felicidad! ¡Happy Together! ¡Think positive! ¡La vida es buena! ¡Luck! Con muchos signos de exclamación y combinadas con imágenes de bicicletas –cuando no–, árboles de la sabiduría, manzanas, corazones o mapamundis. Salvo que uno acabe de tener un pésimo día o venga de pelearse con su pareja, no es una moda que moleste: lo que irrita es la imitación. 

4) LLAMAR BRUNCH A TODO
El brunch es como un gran monstruo que avanza y se lleva todo por delante, almuerzos en día de semana o lo que antes se llamaba simplemente una merienda o un desayuno. Recordemos, una vez más: el brunch es una costumbre anglosajona para los domingos, una amalgama del desayuno y del almuerzo que se sirve entre las diez de la mañana y las tres de la tarde, más o menos, y que incluye una variedad muy amplia de panes, panqueques, preparaciones con huevo, carnes, pescados, frutas, café y jugos. Hoy, no sólo se extiende hasta las seis o siete de la tarde, sino que también se sirve los sábados y últimamente en muchos lugares –como en Magdalena's Party, o Crisol– también los días de semana.

5) DECIRLE CAMOTE A LA BATATA (Y OTROS MODISMOS)
Nos encanta decirle cookie a una galletita. Pain au chocolat a un pan con chocolate. Chicken sándwich al sándwich de pollo, salad a la ensalada, cream cheese al queso crema  y wrap a un montón de ingredientes envueltos en un disco de masa. Y frapu al café frío, y cupcake a una tortita y así podríamos seguir hasta mañana. Ahora se suma un esnobismo más. A medida que la gastronomía porteña se “cilantriza”, los restaurantes añaden cada vez más andinismos a sus menús antes poblados de galicismos y anglicismos: así tenemos que pedir unos rolls de salmón con camote glaseado a la naranja en vez de batata, o un jugo de piña en lugar de ananá.

Por Cecilia Boullosa

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